viernes, 3 de febrero de 2012

DESCANSO


El cuerpo sabio él, se acomodaba  y encajaba fácilmente en  los cojines del chiringuito de playa. La brisa marina, peinaba  nuestra piel y la sal del mar parecía azucarada. Tumbados en el cobijo de las sombras, arropados en cojines triangulares donde reposaban  nuestras cabezas,  pasaban los días  sin ninguna prisa. Caminando descalzos por arena mojada, sin  inquietarnos por el silencio de la  calma del vaivén de las olas. Nos emborrachábamos  con  zumos  de vitaminas, nos arrugábamos en agua salada y de vez en cuando  algún que otro masaje nos activaba la circulación. Dormíamos en cabañas de bambú, envueltos de una red blanca, donde bailaban los mosquitos. Por la noche envueltos en un pesebre  nos acompañaban  tres bueyes con  traje blanco.  Otra tela de araña me había atrapado en un lugar especial. Una bandera más clavada en el mapa de mi cabeza, de  fácil recuerdo y con billete de regreso.

El ultimo día en la isla, nos fuimos conduciendo unas  motos que parecían de juguete. Recorrimos la parte este de la isla  y descubrimos rincones olvidados entre cruces de palmeras y  aguas turquesas. Parecía que la isla tenía una cara oculta. Desaparecían los complejos turísticos y el lugar se mostraba más salvaje. Únicamente encontrábamos algunas motos aparcadas en las orillas de   playas desiertas. Otra bandera queda pendiente para clavarla en  una futura ocasión. Playas tranquilas, con blanca  arena, fina no, finísima. Sin las dichosas aglomeraciones, donde únicamente la escasa comodidad se ve compensada con creces, por el maravilloso paisaje.  Vimos pequeños amarraderos donde ya no faena  ningún barco. Antiguos bungalós de aspecto salvaje, camuflados entre la vegetación, invitaban a quedarse en su sombría estancia. Techos de paja, paredes de caña, sillas de bambú y restos traídos por el mar,   convertían el lugar en la  nueva casa de Robinson Crusoe.

Mi madre, hacia un mes que me había enviado un paquete a casa de Ant, donde había unas sorpresas. Embutidos y dulces acaparaban todo el espacio del paquete junto a una felicitación de navidad. Que placer fue el hecho de poder degustar embutidos de nuestras lejanas tierras y apreciar el sabor azucarado del turrón.  Aunque el rey de la mesa, amo y señor, fue sin duda el sr jamón seguido por sus amantes,  los señores chorizos acompañados de sus fieles  salchichones. Qué bien se degusta la grasa cuando tienes carencia  de tejido adiposo. Las betas blancas del preciado manjar  no tenían tiempo de fundirse en medio de las papilas gustativas, que absorbían todos esos  sabores, ricos en matices que evocaban  esa pequeña  acidez, recuerdos  a bellota reposada en sombría dehesa.

Al final, después de unos cuantos días de playa, abandonamos la tranquilidad y llegamos al bullicio de la capital. Bangkok nos esperaba con su acostumbrada estampa. Era temporada alta y el barrio estaba lleno. Cada día, por la mañana me escapaba del tumulto de turistas de Kao San Road  y me dirigía a redescubrir rincones ocultos de la ciudad. Pasaba el tiempo rebuscando como un indigente, dedicándome a  investigar entre infinitas callejuelas para encontrar cualquier objeto que me atrapara  en su atención. Mientras, Jordi y Nuria,  se aposentaron en  hoteles más decentes.  Mi economía, castigada por el ajetreado ritmo de los últimos días me invitaba a hospedarme en estancias más humildes.
 Muchos contrastes venían a mi cabeza, abandonada la playa, la ciudad se mostraba envuelta de oscuros abismos, con sabores amargos, humos lacrimógenos y olores a submundos de alcantarilla. Aceras donde no nacen las  flores. Paredes provisionales, construidas con arena de playa introducida en sacos. Muros transitorios con huellas de marcas, indicando el nivel del agua  de pasadas inundaciones.  En el cielo, ya no brillaban las estrellas, apagadas por el reflejo de edificios devorando la oscuridad. Sudores fríos en la  noche, me aliviaban junto con tragos cortos, acompañados por la ley seca del Sr Jack Daniels. Las tres hélices del ventilador anclado en el techo de la habitación, movían mi sombra y aportaban aire fresco a mi ratonera. Así, el leve frescor, evitaba encontrarme con el olor de fregona sucia de  suelo de bar.  Una mañana me dirigí  hacía la embajada China para obtener información acerca del visado y del tiempo que podría permanecer en el país, pero únicamente obtuve un par de formularios para rellenar. Todo lo demás fue imposible, una máquina lo dirigía todo. El tiempo se acaba para todos, así que, sin darnos cuenta, nos despedimos de Nuria,  la Berenjena.  Acabó sus últimas horas luchando contra el regateo de  precios sin etiquetar, donde  al final, ambas partes se creen ganadoras. Pero  antes, nos habíamos reencontrado con Jordi y Mar que se disponían a realizar sus vacaciones  acompañándonos en  algunos de sus días.
Adiós Nuria, hasta la próxima. Has demostrado con creces que eres una todo terreno y que te adaptas a cualquier situación. Ahora que te has ido, notaré a faltar esas galletas o cualquier tipo de dulce que por arte de magia aparecían de tus bolsillos sin fondo, cuando cansados por el pedaleo, no nos quedaba nada que llevarnos a nuestro vacio estomago.Por cierto, el último día en la capital tuve un pequeño percance con la policía, creando unos momentos de tensión que más vale olvidar. Se ve que querían cobrar un sobresueldo y no tuvieron suerte.


TOM SAI

Sin darnos cuenta un avión nos alejaba de la capital y nos dejaba en Krabi. De aquí nos dirigimos a la playa de Tom Sai donde se abría un mundo envuelto de paisajes hipnotizantes y ambiente acogedor. Era mi cuarta vez que pisaba la arena de esa playa. En el lugar se apreciaban pocos cambios, aunque cada vez se escucha más el castellano. Reducto de una aldea, aislada del mundo por medio de unas paredes que van moldeándose mediante el leve caer de finas gotas de agua.   Puliéndose en formas de columnas amorfas, donde algunas  ansían buscar el cielo y otras desean posarse en el suelo. Paredes de colores anaranjados con matices erosionados por el efecto del mar.  Cabañas camufladas, en medio de la selva, intentando ser ocultadas por el caer de gigantes hojas.  Ruidos extraños, pero no desconocidos, envuelven el entorno salvaje del lugar donde los tailandeses de etnia gitana han domesticado.  Diferentes especies de monos   surcan el aire moviéndose  ágilmente por encima de nuestras cabezas. Por la mañana, botes de popa larga, encienden sus motores  transportando personas y víveres, rompiendo el ruido del susurro hipnótico  del mar.
Al segundo día comenzamos a escalar y en el primer 6b, pegué mi primer vuelo. Mi cuerpo estaba desentrenado y tanto mis brazos como mi espalda notaban el sobreesfuerzo del avance vertical. Pequeñas agujas parecían clavarse en mis articulaciones y mi cuerpo se  adaptaba  a los movimientos, moldeándome  como la rigidez de un robot. Mis hombros  y articulaciones se encontraban  en ebullición y me costaba realizar algunos movimientos, pero gracias al masaje tailandés todo sufrió un pequeño alivio.
En un chambao de viejas maderas, rodeado por telas mosquiteras que hacen de paredes. Sin  luz, y con una brisa de aire procedente de un pequeño motor con hélices. Con olores a  menta y eucalipto. Rodeado de aceites de coco, donde unas manos arrugadas por el paso de los años, moldean la piel de los clientes. Tumbado en el suelo, encima de delgadas colchonetas, recibo los primeros acordes de tensión en mi castigado cuerpo. Estimulado por  puntos de presión, comienzo a retorcerme entre sensaciones contradictorias de dolor y placer. La masajista, una abuela de avanzada edad,  detecta rápidamente  los lugares más castigados y  untando en mi piel, crema de eucalipto, comienza a trabajar  esas zonas.  Sin darme cuenta, en un estado de consciencia  medio anestesiado, transcurre una hora que percibo como si hubieran pasado unos pocos segundos. Al incorporarme todo  sucede más despacio, mi alma parece quererse  quedar detrás de mi cuerpo. Mi cabeza comienza a dar vueltas y es entonces cuando  la abuela con un susurro de suave voz  me dice y repite al oído, slowly, slowly.

Cada mañana, después de despertarme, me estiro en la pequeña terraza del bungaló. En esos silencios es  cuando  noto la paz que transmite el  aislamiento del lugar. En medio del bosque, veo el vuelo imposible del colibrí, haciendo malabarismos  jugando con sus minúsculas alas. En completo silencio, con su pequeña envergadura,  va introduciendo su pico curvado  en  el hueco de la roja flor del platanero. Con rápidos movimientos va introduciendo la cabeza, en busca del delicioso néctar. Saciado y sobrado de vitalidad, vuelve a emprender el vuelo en busca de otra flor, hasta que después de varias  mañanas  descubro que la flor ya fecundada, se cierra con sus sépalos protegiendo  su  preciada corona de todo nuevo intruso, impidiendo  poder  ver el vuelo del pequeño equilibrista.
Otra cosa que siempre me sorprende es el movimiento del mar. Parece que juegue al escondite con la arena de la playa. La línea de la costa tiene dos caras que perfila la marea. Nunca acabo de acostumbrarme a la sorpresa que produce ver en mí, como desaparece el mar y se aleja varias decenas de metros  de la línea de playa, dejando desnudo pequeños trozos de suelo marino. El ciclo de la luna, atrae y repele como fuerza de imán, el salado fluido hacia lugares más lejanos provocando instantes de sorpresa y gran belleza. Los días pasaron escalando y descansando sin darse uno cuenta. Tom Sai tiene esa facilidad de devorar el tiempo sin apreciar el fugaz paso de los días. Como en un reloj de arena, nunca sabrás el día en que te encuentras. Con suerte, podrás oír, el leve susurro del fino roce de los granos de arena producido por la lucha contra el  frenético paso  de  las manecillas del reloj.
En este viaje me estoy dando cuenta que las sensaciones que tengo al visitar un lugar ya conocido van cambiando. Esas primeras sensaciones que aporta lo desconocido, la novedad, se viven   más intensamente, pudiéndose ser para bien o para mal. La cabeza moldeada por las vivencias, siempre se ve sorprendida ante todo aquello  inesperado. La mente  si no espera nada a cambio, tiende a  disfrutar más placenteramente la vivencia debido a que no se ha fabricado ningún tipo de expectativa sesgada por nosotros mismos. Así,  cada vez que retorno a sitios ya conocidos tengo que  replanteármelos y corregir mi valoración si esta ha sufrido algún cambio.  Por cierto, Tom  Sai la veo bastante igual…..

El descanso llegaba a su fin y mis planes para obtener el visado de china han cambiado. En las Mama Kitchen, trabaja un argentino ciclo turista el cual me ha informado que en la embajada China de Vientiane te dan la visa para tres meses seguidos. Este dato ha hecho replantearme la situación, así que mis días en Tailandia tocan a un pronto final.
Abandonamos el encanto de Tom Sai, aunque esta vez nos fuimos cada uno de manera diferente. Habíamos quedado en Mae Sot, para recoger las bicicletas y para  ayudar a Varela en la realización de una filmación que tendrá como objetivo futuro, concienciar a los niños españoles y servir de ayuda a la  ONG Colabora Birmania. Jordi y yo llegamos un par de días antes al recinto donde se ubicaba la escuela. Las instalaciones eran precarias, sobretodo los baños, pero nos sentíamos cómodos  durmiendo en el suelo de las cabañas de bambú. Los niños, al vernos se mostraban tímidos y cautos ante el par de desconocidos. Poco a poco iban soltándonos algunas sonrisas y poco a poco, aparecían por arte de magia algún que otro gesto de complicidad espontanea. En cuanto al proceso de filmación, todo se complicaba. Demasiados inputs se mezclaban en tan poco tiempo. Elegir a los protagonistas, tomar planos  exteriores, adaptar el guion, planear las tomas, controlar a los niños, hacer entender la idea a los profesores y  a todo esto se le unía un factor crucial. Varela se tenía que familiarizar con los nuevos accesorios tecnológicos y controlar un gran número de factores asociados a la cámara. Todo era muy complicado, menos mal que el tercer día tuvimos la ayuda de la  Mar y  Jordi. Todo sufrió un repentino cambio y la cosa fue a mejor. Por una parte, Mar se caramelo a las niñas que eran más cautas a nuestra presencia y Jordi con su nivelazo de ingles facilitó muchísimo el tránsito de información entre los profesores y Míster Yes  o Míster Help me, please. La cosa fue cogiendo forma y se crearon buenas sensaciones formándonos gratas expectativas respecto al futuro trabajo final.

Atrapado por un viaje sin fin. Acogido en una escuela sin nombre, km42. Ayudando a viejos amigos, donde próximamente los abandonaré para continuar mi camino. Con ilusiones renovadas, cargado de nuevas energías tras el parón necesario, afronto nuevos retos difíciles de realizar. Nuevas expectativas abordan mi cabeza, aunque será el tiempo el que irá marcando el éxito o fracaso. Observando el cielo, imagino el reflejo de los ojos de los pequeños enanos, cuando cautivos en sus silencios observan fijamente puntos de luz. Espero  atrapar el encanto de ver crecer una chispa de vida donde cada nuevo  día es un nuevo reto plagado por multitud de cambios. Espero que las risas de esos niños infundan nuevas ilusiones creando paisajes en sueños de felicidad  quedándome  atrapado en esa otra dimensión que tiene la imaginación.
Por mi parte añoraré esos pequeños abrazos, esas miradas sin complejos, esas  luchas por  trepar sobre mis hombros, esos gestos de sorpresa,  esas  mejillas con pinceladas de tanaca, ese lenguaje no comprendido, esa agilidad de plastilina, esos pies desnudos con su  base endurecida, esos lazos de amistad y como no, esos gritos que salían del fondo de esas  pequeñas cavidades pulmonares, cuando utilizaban el método de repetición para aprender la lección. Aun recuerdo cuando sosteniendo en mis brazos esas pequeñas criaturas, estas   se dedicaban a experimentar e investigar con su tacto,  el relieve de mis pecas, la suavidad de mis pelos, la rugosidad de mis verrugas y el brillo de mis  puntos esmeraldas.
Después de todo este tiempo en el que he estado acompañado tocaba despedirse y separase para que cada uno siguiera su camino. Así que rondaban las 08 de la mañana cuando en la estación de autobuses de Mae Sot nos decíamos Adiós. Un autocar que se  dirigía hacia Bangkok, cargaba a  los dos Jordis y a Mar hacia sus próximos destinos. Por mi parte tomé un bus que me  llevaría hacia  Lam Sok i desde aquí subido a   mi btt  tomaría el camino del norte que me llevaría hasta Vientan, paso previo a la entrada en China.

domingo, 1 de enero de 2012

Retorno a Tailandia.


TAILANDIA.

Solo   cruzar la frontera  del país captas  la diferencia entre las personas que habitan vecinos lugares, tan próximos entre ellos, pero con tantos matices diferentes. Aquí las personas  no son tan tímidas como en sus países vecinos y a la mínima oportunidad te interrogan a preguntas, con la sonrisa siempre en los labios. En los puestos de comida, las  señoras mayores  me tratan como si fuera uno de sus hijos y me colman de atenciones. Se sorprenden  que utilice una bicicleta con tantos bultos. Pensad que  estos  países asiáticos son para paralíticos. Siempre están con las motos para arriba y para abajo, evitando hacer  ejercicio y como los vampiros,  intentan esquivar la luz del sol.
 Comencé transitando por la carretera  núm. 2 que me llevó hasta Udon Thani donde un desvío  me conduciría hasta Nong Bua Lam Phu. La carretera estaba muy concurrida. Demasiado trafico  con prisas. El asfalto,  secado al sol, era liso y fino, con lo que los platos funcionaban sin ruidos girando a derechas. El trafico, sin embargo, al revés, circulando por la izquierda complicando las cosas sobre todo en cruces y rotondas. A partir de Khon San la cosa cambió. Infinitas subidas complicaban las cosas. Aparecían  en medio de la ruta diversos  parques naturales y la vegetación sufría evidentes cambios. Las coníferas invadían las laderas de las montañas y mi GPS marcaba los 950 metros. La orografía se tornaba agreste  y visualizaba  señales, advirtiéndome del paso de  elefantes,  indicándome la aparición de vida salvaje. Run runes de sonidos procedentes de aves voladoras acompañaban  la calidez del susurro del vaivén de las cañas de bambú. Éxodos de pájaros jugueteaban entre   azules colores  y verdes amazónicos.

 La temperatura era incluso agradable pero el suave viento me envolvía en mi sudor  sintiéndome frio cada vez que tenía que detenerme a coger un suspiro de aire. Así pasaron dos etapas recorriendo las montañas donde el cansancio iba acumulándose. Por las mañanas me entretenía viendo pasar a los estudiantes camino del colegio. Entre las estudiantes, estaba de moda el corte de pelo al estilo Urma Thulman de la película Pulp fiction y en los chicos se llevaba el rapado estilo  Madelman. Al final llegué a Phitsanulok, ciudad donde había quedado con mi amigo Jordi Varela. La tecnología facilita las cosas así que nos encontramos fácilmente y desde allí partimos dirección Mae Sot, donde nos encontraríamos con Nuria, la Berenjena y partiríamos los tres juntos en una pedalada solidaria para ayudar a los niños birmanos.  Para más información os paso el link de la ONG www.colaborabirmania.org/

MAE SOT.

Al llegar a Mae Sot conocí a varios cooperantes  y nos hicimos participes de los proyectos de la ONG Colabora Birmania. Pude hacerme una vaga idea de la problemática que padecen los refugiados birmanos y conocer varias instalaciones que gestiona la organización.
La vida, para la gran mayoría de estos niños es una realidad dura, con muchas penalidades, soportando esfuerzos y desengaños donde necesitan sueños de esperanzas. Como un mundo de burbujas que engalanan nuestra vida,  donde   duran solo  unos instantes y sus recuerdos quedan olvidados en huellas  fugaces  de minúsculas gotas de agua. Aquí, miles de niños quedan abandonados en el jardín botánico que origina la selva. Olvidados  en  el abandono del cariño, como manchas que se vuelven  invisibles cuando quedan ahogadas en la oscuridad.
 Niños que arropan a otros niños, en busca de un abrazo donde refugiarse. Abandonados, perseguidos por su gobierno, sobreviven al juego de ser ilegales anónimos. No son reconocidos por su país de origen y aun menos  por el  que los acoge. Viven  en campos de refugiados soñando que algún día tendrán la esperanza de poder salir de allí. Sus vidas, parece que para sobrellevarlas precisan soñar que la vida les va a  cambiar. Una vida sin recursos, con un incierto futuro, dependiendo de la ayuda humanitaria, tan necesaria por estos parajes  que sirve para maquillar el día a día.Pude ver como  los niños, faltos  de cariño, se adhieren  en las sombras de cualquier abrazo, queriéndose columpiar en la unión de nuevos brazos. Niños con almas de papel y cuerpos de alambre.

Niños que jugando aprenden a sobrevivir. Niños con miradas limpias. Niños maquillados con polvo de piedra. Niños que al despertarse no reciben ningún beso. Niños que cuando caen, no esperan que nadie los levante…llorar, para que?.  Los lamentos no se oyen entre los sufrimientos de vidas atrapadas en la miseria

Comenzamos la pedalada, rodando por el asfalto de la carretera 105. La primera etapa era llana pero todas las demás estaban envueltas por terreno montañoso. Al segundo día comenzaron las subidas. Duras rampas nos hacían crujir los dientes y el sol nos provocaba sudores que hacían nacer en nosotros pequeñas lipotimias. Nuria se murió en una de esas cuestas y mi cuerpo, como el suyo, padecía las inclemencias del cansancio así que decidimos recorrer el resto de la etapa (40km) montados en un pick up que paramos en la carretera.


Jordi por su parte se encontraba motivado, con buenas sensaciones y decidió   continuar el trayecto con un poco menos de peso. Subidos en el coche, nos percatamos de la dureza del terreno. La  carretera estaba plagada de desniveles  haciendo complicada la ascensión a sus cumbres. A la dureza de la etapa se le unía el largo final. Durante los últimos 60 kilómetros no había ningún lugar habitado y esto nos condicionaba la etapa. El sol estaba ardiendo y el calor estaba arrugando nuestras pieles. Nuria y Jordi viajan con el mínimo peso imprescindible y eso hace que no lleven tienda de campaña. Este hecho nos condiciona la jornada, así que cada día al atardecer  tenemos que llegar alguna población donde nos den cobijo. Paramos en la población de  Mae Wa Luang, el lugar era una pequeña aldea campesina donde la vida se mantiene como antaño. No había ningún lugar para alojarse, pero mediante la gestión de los amables tailandeses que nos llevaron en coche, nos permitieron dormir en el centro de atención medica.  Al cabo de un par de horas apareció Jordi que iba en velocidad de descenso.  Cuando llegó, realmente,  me sorprendió que hubiera podido acabar la etapa en un estado físico tan bueno, viendo la dureza del terreno. Pero por la noche no pudo dormir,  la falta de hidratación y la exposición al sol, le provocó   insomnios acompañados de  vómitos y diarrea.
Este largo viaje me ha enseñado que la medida del ritmo de pedaleo, la marca la rapidez con la que te duermes por la noche. Si te cuesta mucho, es que vas demasiado rápido. Jordi se encotraba fuerte e hizo caso a su cabeza, pero  sentado en su bicicleta no iba viendo el castigo que le producía la dura climatología.



 En mi viaje, a veces, aunque por suerte, cada vez sucede menos, me ha sucedido que el   orgullo en querer continuar,  consiguen convertir a uno, en sordo y ciego por unos  momentos, pero cuando te das cuenta de lo que está sucediendo ya es demasiado tarde. El agotamiento producido por multitud de diferentes factores, te han ido golpeando repetidamente sin darse uno cuenta. A veces uno   se cree inmune, pero más tarde el cuerpo te  pide factura con un par de días en que  te acompañan unas  dosis de malestar y síntomas  de agotamiento.
Nuria y yo, continuamos durante un dia, ciclando sin la compañía de Jordi, el cual se desplazó sentado en asientos más cómodos. Al segundo día, todo continuaba igual, Jordi recuperado de sus molestias continuaba la marcha con su estimada y olvidada btt. El dúo volvía a convertirse en un trío  y los kilómetros iban acumulándose. Al llegar a Mae Hong Song  hicimos una parada para poder  visitar las poblaciones adyacentes. La intención era ver una aldea  donde se encuentran  unas mujeres birmanas que tienen una peculiaridad.  Estas mujeres  tienen el cuello alargado, debido a unos aros metálicos que se van poniendo para  deformar así su cuello. Llegamos a una de estas poblaciones, pero al ver que se tenía que pagar entrada para poder ver ese  espectáculo, que parecía un circo, decidimos no pasar. El día lo dedicamos hacer algunas grabaciones de video en medio de  rurales poblaciones.Aquí me recordé de mi primera incursión en Tailandia. Rondaba el año 2007, cuando junto a Chusma alquilamos unas motos y nos dimos unas vueltas por esas mismas tierras.

Más tarde se nos incorporó el Varela junto Manu Chao, La Chunga y el Panorámico, donde juntos recorrimos el norte de Laos. Por cierto, alguien sabe donde cojones esta el reloj que había en medio del lago de Mae Hong Song.


De Mae Hong Song nos dirigimos hasta Pai.  La orografía se volvía más agreste y tuvimos que atravesar varios puertos de montaña. Las etapas nos hacían sudar la camiseta y entre curva y curva  el terreno no daba tregua. La velocidad de avance caía  en  picado, igual que las gotas de sudor salpicando el cuadro de la bicicleta. Los paisajes eran monótonos, todo se repetía. Jungla, jungla y más  jungla lo teñía todo de verde. Series de montañas, no muy altas, iban esculpiendo los valles como cola de dragón.  Al caer el sol,  la temperatura se tornaba fría y las mallas junto las ropas térmicas nos envolvían en suaves caricias. La ruta por donde nos movíamos era una de esas donde los moteros se la hacen suya. Curvas, subidas, bajadas, mas curvas,   hacen el camino perfecto para plegarse con la rodilla tocando el suelo.  Al  acabar las etapas diarias, uno sabe a quemarropa. El sudor impregnado  en el cuerpo se mezcla con  la química de la camiseta  y el resultado no es muy agradable al olfato. Nuestro organismo no paraba de expulsar el líquido que bebíamos. Cada 15 minutos después de hidratarnos teníamos que parar a mear. Todo esto cambio, cuando compramos sales minerales, las cuales mezcladas con el agua, permitían que nuestro organismo retuviera  gran parte del líquido ingerido.  
Cerca de Pai  nos encontramos con varios grupos de ciclistas tailandeses, tapados hasta las cejas con varias capas de ropa.  Estos intentaban   realizar la ruta  ciclista más famosa del país. Se podría comparar con lo que en España  se conoce  como  el camino de Santiago.

PAI
Antiguamente, la población era un lugar de paz y tranquilidad donde el aislamiento producido por su difícil  acceso evitaba convertirse  en lo que es ahora. De día, todo discurre con normalidad y  el lugar transmite paz y  mucho sosiego. Pero al ponerse el sol, por arte de magia, las calles principales se convierten en las ramblas. El asfalto, donde por el día transitan vehículos, durante la noche se colapsa de turistas, sobretodo tailandés. Tiendas de suvenires se tiñen de colores y paradas ambulantes intentan atraer la atención de cualquier persona dispuesta a gastar algunos bats en comida y   artículos de regalo. Durante el día  sus alrededores invitan al paseo,  a la aventura y al descanso.  Perderse  por sus caminos siguiendo el curso del rio, jugar con los elefantes, observar sus aves, dar un paseo, tumbarse en una hamaca, oír el sonido de un geko, es tarea suficiente para ahogar las horas de sol.En esta población celebramos el cumple de Nuria que ronda ya los treinta y tantos, y la ocasión requería regar la velada con un poco de vino tinto, aunque la calidad de la botella era la que era. No se puede pedir peras al olmo. Al día siguiente no hubo casi tiempo de calentar las piernas.

 Un puertaco de montaña nos esperaba. Parecía que la subida no acababa nunca. Las rectas eran tan escasas como  nieve en una playa. Los camiones nos daban pistas de la dureza de la subida.  El olor a ferodo de freno y  a sucarrim lo impregnaba todo. En ese día se nos apagó la luz, en el final de la etapa tuvimos que pupilar. No pudimos llegar donde queríamos y nos atrapó la noche en medio de la nada.
Los siguientes días nos desviamos otra vez por carreteras secundarias  y la dureza del terreno nos volvía a castigar. Nos cruzamos con pueblos olvidados, en lugares perdidos con gentes de rasgos indígenas donde durante el día   van dejando pasar la vida, únicamente con la preocupación de  esperar  ver la oportunidad de contemplar un nuevo amanecer.  Este fue para mí,  el encanto de la ruta. Encontrarse con pueblos anclados en el pasado.  Con una mezcla de diferentes  culturas entremezcladas en aislados asentamientos.
 En la última etapa, el mapa tenía razón, en letra pequeña nos indicaba dangerous stepts, pero como siempre la realidad supera la ficción. Rampas del 40 % hacían que el descenso fuera muy complicado. Los frenos eran incapaces de detener nuestro avance así que tuvimos que apearnos de la bicicleta y con mucha paciencia ir perdiendo altura arrastrando el hierro. Las pastillas de plástico se hacían  papilla con el acero de nuestras llantas y el ruido de la tensión de los  cables hacía prever lo peor.


Los dedos tensionados acababan agarrotados por el continuo esfuerzo y de vez en cuando la gravilla nos daba algún que otro susto.  Menos mal que  siempre  nos quedaba el último recurso, el freno  de nuestros pies. No puedo imaginarme el esfuerzo que supondría recorrer ese puerto en sentido contrario. No me cabe en la cabeza, pero seguro que debe ser un calvario os lo aseguro, nunca he visto rampas asfaltadas tan empinadas,... de locos.
Al fin, después de 14 días, dejábamos las montañas a nuestra espalda, llegábamos a Chian Rai donde cumplíamos los más de 1000 kilómetros de pedalada solidaria. El objetivo se había cumplido, gracias a las donaciones voluntarias de diferentes personas y asociaciones se había conseguido recaudar más de 1000 euros que servirán para hacer mejoras en las diferentes escuelas que gestiona la ONG y poder vestirlas con  sillas, mesas y material escolar.
Mi cuerpo pedía a gritos un descanso, llevaba tres meses con más de 4500 kilómetros  en clima tropical. Soportando sudores fríos,  perdiendo electrolitos, ahogándome en asmáticas respiraciones,  adelgazándome, quemándome con el sol, agarrotando las articulaciones y fortaleciendo mi mente.   Por otra parte, nos atrapó la navidad  de vuelta en Mae Sot.  Aquí no se celebran estas fiestas, así que uno no percibe si por el cielo  vuela un señor conduciendo un trineo  vestido con traje rojo. Sin regalos, sin la familia, sin luces de neón, compartimos los días de navidad envueltos con gentes que están lejos de sus hogares. Comimos  distintos alimentos de nacionalidades diferentes y acabamos tocados por los cambios repentinos de hábitos.  Sin pensarlo nos fuimos en busca de una confortable playa para intentar atrapar los sueños que aún están por venir. El lugar elegido fue la isla de Ko Chang. El sitio nos era conocido, pero esta vez  cambiamos de ubicación. Nuestra playa elegida fue Lonely Beach  situada en el extremo sur de la isla. El lugar en concreto se llamaba Siam Hut, apuntarlo, porque es un sitio muy recomendable sobre todo para do nohing. Los martes y viernes no espereis dormir antes de las 03.00 am.
Entre cigarrillos, drogas y copas de alcohol, en las sombras de una playa soñada. Entre bolsas de hielo y vasos de plástico, se suceden confesiones. Intimidades de verdades que se mantienen ocultas el resto del año. Silencios necesarios descargan ansiedades entre mezclas de música y ruidos. Nieblas de humos, tornan los ojos rojos. Con las pupilas punzantes, clavadas sueños flotantes y acompañado por amigos, se comparte todo. Las horas se hacen cortas , más bien fugaces. Sin darnos cuenta se ha cerrado un año más. Es momento para realizar conexiones telefónicas de 32 bits, que nos acercan a lejanas tierras. Luego, llega la hora en que los amigos se pierden los unos de los otros e inconscientemente se despistan. El grupo se ancla y disgrega en los alrededores de la pista de baile. Enterrados en el parapeto de las sombras de la noche, nadie ve la obviedad de las cosas. Pero por la mañana, con la cabeza algo aturdida, arropado y envuelto en tela mosquitera piensas .... Y ahora qué? Dime, como se puede olvidar algo que nunca pasó.

Empiezo un nuevo año en que no le pido nada, ni tampoco espero que suceda nada en especial. Como siempre, me conformo con lo que tengo. Ojalá pueda mantenerme, pescando ilusiones durante el resto de mi aventura. Sorteando las visicitudes e impregnándome de nuevas experiencias que me enriquezcan de pequeños conocimientos. Ahora, envuelto en la tranquilidad de una playa tropical, me planteo mi nueva ruta donde aparecen cambios importantes eligiendo caminos que en un principio quedaban olvidados por el aislamiento de otras rutas. Quemado el fin de año, recuerdo la diferencia respecto al año anterior donde la supervivencia castigó mi cuerpo sobreviviendo entre montañas, con migajas de comida que forzaron mi resistencia  adaptarse a las condiciones que debo afrontar. No tengo un recuerdo negativo, ni tampoco diré que sea ni peor ni mejor. Únicamente lo que pasó, sucedió en una fecha fácil de recordar,  creando una anécdota más, porque para el mundo desarrollado, en ese día reina la abundancia.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Quedate en mi, LAO

Al cabo de tres días por mi paso fugaz en Tailandia, estaba repitiendo la misma rutina fronteriza. Visado con una nueva pegatina y su posterior sellado. Entraba a Laos con antiguos recuerdos de mi antigua estancia en años pasados, cuando todo se improvisaba al lado de unas  cervezas Laos de 640 cc.
Me dirigí hacia Pakse ciudad situada a 45 km al este de la frontera. La ciudad tenía una zona donde se aglutinaban los hospedajes y restaurantes. Escogí el sitio adecuado y me dediqué alimentarme, beber Lao Beer y disfrutar después de cada comida de un café expreso acompañado de su correspondiente cigarrillo, todo un lujo. En este sitio se observa multitud de mochileros  que se dirigen hacia las 4000 islas o hacen una parada para ver el altiplano del Bolaven, mientras continúan su camino hacia el norte. Fui conociendo gente de paso mientras comía en el restaurante, dos neozelandesas, una pareja de catalanes, un japo. Al cuarto día me dirigí hacia Champasak lugar donde hay unas antiguas construcciones de un pasado de perdidas civilizaciones. El camino, pasaba paralelo al rio Mekong y podía ver cómo era  tiempo de cosecha. Los colores de  tonos verdes ahora estaban en decadencia. Las plantas de arroz  estaban secándose. El amarillo tomaba el relevo y marcaba la nueva tendencia. Los sombreros en forma cónica, hechos de fibras vegetales, coronan las cabezas de los campesinos que iban cortando las plantas de arroz con sus pequeñas hoces. Todo el mundo colaboraba en dichas tareas y se mezclaban varias generaciones en los diferentes trabajos del campo.  Cada uno ayudaba de forma diferente en función de la edad, fuerza  y estado de salud.
Llevaba pocos días en Laos pero ya me encontraba como en casa. Es fácil adaptarse a este terreno aunque el tiempo continúa igual de caluroso. Parece que mi cuerpo ya se ha adaptado al pedaleo después de tres meses  de parón y el sudor ahora se sobrelleva mejor. En Champasak me encontré con una pareja de franceses que viajaban en bicicleta durante un año, pero acababan su aventura el próximo diciembre en Tailandia. Estuve con ellos contando batallitas de viaje y las dos partes obtuvimos información importante para nuevas etapas. Un dato muy valioso que me dieron, fue la pagina web  http://www.warmshowers.org/ , donde ciclistas de todo el mundo acogen a otros ciclistas cuando estos están en ruta.   Mi camino continuó dirección sur, hacia las 4000 islas. La etapa fue larga, unos 120 kilómetros  donde tuve que atravesar el mismo día, un par de veces el rio Mekong, primero en  Champasak y luego en el amarradero de   Ban Nakasang,  que es el que está situado  más al sur. Aquí  una barca de proa larga te acerca a  Don Khon, una de las islas más pequeñas y  tranquilas  del conjunto.

Por la mañana siguiente me fui a dar un paseo por los alrededores de la isla. La gente hacía rato que estaba en los campos y los niños se dirigían hacia las escuelas. Los búfalos de agua se aprovechan. Ahora, tienen permiso para estar en medio de los arrozales. Las plantas de arroz,   desprovistas del grano, son pasto para el ganado. Los animales están atados con  delgadas cuerdas a unas frágiles estacas. Estos van describiendo círculos  concéntricos donde al cabo de poco tiempo la vegetación queda rasurada a nivel de  la altura de sus dientes. La vida en estas islas es muy relajante. La pesca, la agricultura junto al ganado y el turismo  les aporta todo lo necesario para tener una vida tranquila y sosegada. Por esta zona se pueden visualizar los delfines de agua dulce, pero al final no me decidí a ir con  barca. Quizás fuera que cuando llegué al amarradero, vi el sitio muy turístico. Pero por otra parte, ahora estamos a final de época de lluvias y las guías indican que la  mejor época para poder verlos es en pleno estiaje. Por cierto no me acordaba pero   las aguas del rio no es que sean muy cristalinas. Todos esos  sedimentos que arrastra el Mekong hacen que el color de sus aguas sea de unos tonos marrones chocolate  que no me incitan  para nada a darme un baño en cualquiera  de sus orillas.
Ahora, cuando  estoy en ruta, voy escuchando música  de nuevos artistas que me van emocionando. Entonces  aumento el volumen y  al escuchar dichas melodías, en mi piel aparecen miles de pequeñas montañas. Recomiendo  escuchar el  disco El hombre bolígrafo del grupo  de BaraKaldo Grises,  Historias para no romperse del grupo barcelonés Cyan o el grupo Neuman con su disco  The family plot. En lengua extranjera el disco  Wolfgang Amadeus del grupo Phoneix  acapara mi atención. Lástima, que tanto escucharlos los voy a quemar demasiado rápido. Menos mal que siempre me quedarán las letras del último disco de Manolo García. Parece mentira, pero la ruta parece que se hace más corta cuando uno escucha  rítmicas melodías. Al paso de tres días en las islas, me volví a Pakse, repitiendo la ruta 13 pero en sentido contrario. La etapa consistió en 144 kilómetros que me dejaron algo fundido. Por la noche, cenando, conocí a una pareja de catalanes que venían del norte y una pareja de navarros que iban en bicicleta. Los ciclistas estaban en el mismo lugar donde yo me hospedaba, así que nos hicimos rehenes de nuestras vivencias. Puede que nos volvamos a ver por fin de año, pero eso está por ver, el tiempo  lo dirá. Por cierto espero que se les haga hecho el callo y no sufran con sus bicis violadoras.

Laos, rodeado en medio de grandes países como Tailandia, China, Vietnam entre otros, se mantiene en la cuerda floja intentando hacer equilibrios. Un país donde reina la pobreza, se abre al desarrollo a base de nuevos colonizadores. En un principio me costaba verlos, pero un ejército pacífico de Chinos, Tailandeses y Vietnamitas se  van apropiando de manera sigilosa de  los negocios más rentables del país renegando así a las venideras generaciones  de jóvenes locales. El carácter  Laosiano,  tan  conformistas, pasivos,  tranquilos,  como agradables pone las cosas fáciles a sus competidores. Sus gentes  son de porte  delgado, con ojos estirados sin votox, con sonrisas sin mentiras, con trenzas sin postizos, con ropa sin marcas, con los pies desnudos, con las manos limpias y la conciencia tranquila.
 Abandoné  Pakse y me dirigí  hacía el altiplano del Bolaven. Esta zona es el lugar de Laos donde dicen se cultiva el mejor café del país. Durante  la salida de la ciudad y los siguientes 50 kilómetros no abandoné el plato pequeño. Solo durante dos veces pude poner el plato mediano, pero  fue solo  durante un fugaz replano. Iba haciendo  molinillo todo el tiempo. Parecía que mis piernas se parecieran a las del correcaminos. Tenía que vencer un desnivel aproximado  de 1500  metros. En ruta si la pendiente  es leve,  soy  incapaz de percibirla con claridad. Lo notaban mis piernas y estas intentaban engañar a mi cabeza. Derramando sudor y a paso de tortuga llegué a  Pakxong. Mientras circulaba por sus calles en busca de un lugar para hidratarme,  pasé por un local donde se realizaba una celebración.  Pregunté y me informaron que se trataba de  una boda.
Estacioné la bici y sonó la palabra “falang” que en el idioma laosiano significa extranjero. De repente todo el mundo comenzó a invitarme a cervezas.  Mi boca no daba abasto. La gente iba bien puesta. Los mayores descontrolaban a la manera Lao y los chicos aprovechando el estado de sus progenitores, abandonaban las coca colas por bebidas más divertidas. Así, que aquí acabé la etapa. Fue un cachondeo, todo el mundo iba con esa mirada entre risas.  Donde las pupilas quedan hechizadas distorsionando la realidad.  No paraban de darme cerveza y parecía que rehusar la  invitación fuera un desprecio. Entre trago  y trago, y  ante el empeño de los invitados  tuve que salir a bailar con la novia.  Fue todo un honor, aunque me fijé como las mujeres se reían. Al principio no lo pillé, no sabía si era por mis movimientos, pero claro sus ojos se iban a mis mallas. No estaban acostumbradas a ver hombres, apretados con vestiduras de  licra. Después del baile, me convertí en brujo, haciendo pases de magia, donde mayores y pequeños quedaron asombrados.

Por las mañanas sigo adelantándome al canto del gallo donde en cada amanecer hay un concierto.  La fuerza ensordecedora del canto del gallo en relación a su pulmón es un tema que requiere estudio. Después de escuchar la rutinaria diana, los monjes salen a pedir limosna. En fila india, descalzos, siguiendo su jerarquía y ataviados con sus túnicas naranjas van  recogiendo en sus cubilotes las donaciones de arroz, verduras, frutas. A cambio, recitan a sus donantes,  un especie de  bendiciones que no logro comprender.
Al día siguiente, a disfrutar. Tocaba bajada. Pero no ese tipo de bajada que se acaba a pocos minutos, no. Los kilómetros iban pasando, avanzando en medio de  suaves pendientes donde el desarrollo sacaba humo. En medio del altiplano aparecían cultivos de plantas de café, las cuales pertenecen a negocios extranjeros. Llegué hasta Saravan, población cercana a la frontera de Vietnam donde no hay nada que ver. La sorpresa fue la desaparición de la carretera. El asfalto parecía que tenía un virus.  Pasó a convertirse en camino de roja tierra, donde agujeros, polvo, arena y  piedras eran habituales. Que rabia me daba cada vez que pasaba algún coche. Con mi piel sudorosa me sentía como napolitana friéndose en sartén de teflón.

Sin prisas, con paso lento, me volví a encontrar con la Nacional 13. En un cruce de caminos, es fácil encontrar alojamiento, pero a veces las cosas se complican.  Voy a describir por encima el estado de las pensiones rurales, donde me alojo y no se ve a ningún turista. Sorprende la instalación eléctrica de última generación. Cuadro de mandos, fabricado en madera noble, ampliable hasta que se acabe la madera. Cable eléctrico visto, ducha con peligro de electroshock y enchufes que vomitan las clavillas. Las paredes tienen relieve, parece que la pintura  solo se haya dado una vez, en su inauguración. Ahhh!!! y solo una capa. Puertas descuadradas, que no cierran y las que cierran no llegan al suelo, con lo que, adelante bichos. Camas grandes, eso sí que lo tienen, les gusta estar anchos. El problema es que a veces mi espalda aprende braille con los muelles de los colchones.  Y yo durmiendo solo. Solo, pero que digo, como mínimo me acompañan cada día, tres o cuatro lagartos, enganchados con loctite a techos y paredes. A parte, un ejército de hormigas dibuja carreteras por  suelos y paredes. Los mosquitos como siempre tocando los huevos, las cucarachas jugando al escondite  y en las esquinas, las arañas son las reinas del mono poli, siempre les cae algo.
Otra vez rodando por la ruta 13 me volví a encontrar más ciclo turistas, una pareja de ingleses con los cuales estuve rodando un día hasta que me desvié hacia Savannatkhet. En este lugar había un consulado de Tailandia, así que me saqué la Visa que me permitiría estar dos meses en el país con opción de prorrogarlo  un mes más.  Que peso me saqué de encima. Resulta que si entras a Tailandia por medio terrestre, no necesitas visado, pero solo puedes permanecer 15 días y eso para un ciclista es como un suspiro. Os explico, en diciembre, junto Jordi y Nuria comenzaremos una pedalada solidaria a favor de los niños refugiados birmanos, en colaboración de la ONG Colabora Birmania. Después, el fin de año se presenta en alguna isla tailandesa y seguidamente estaré 10 días escalando en Tom Sai, para volver en enero a colaborar con la ONG. Así que conseguir el visado era tema crucial para olvidarme de burocráticos trámites.
Con la pegatina puesta en mi pasaporte, me dirigí hacía Thakhet donde volví a encontrarme con una pareja de ciclo turistas catalanes. Uno, era bombero del GRAE en la Seu d´Urgell y el otro era un hombre que parece ser, susurra a los caballos. Desde aquí, me dirigí hacer lo que se conoce como luping, que es lo mismo decir que te vas a dar una vuelta por las montañas.


 La experiencia fue bonita, pero bastante dura. Al principio  el paisaje es espectacular y de gran belleza. Las escarpadas montañas, superpuestas en diferentes capas, te transportan a un paisaje de dibujos estilo  Manga, parecidos a los de la serie Son Goku.  Siguiendo la carretera se encontraban numerosas cuevas que no visité. El asfalto se terminó en Nakai, pequeño pueblo donde comienza el camino de tierra. Por cierto antes de llegar a susodicha población hay una subida que casi me fulmina. La construcción de una presa ha modificado el paisaje y también la carretera. Pendientes del 21% o más, hace que  las motos parezcan que tosan y  se ahoguen en su propio humo. Aquí hice de Sancho Panza,  bajándome de mi burra y empujándola un buen rato y sin despistarse lo mínimo, si no la burra se iba pa atrás. Llegué a Thalang con sudor frio y medio mareado por agotamiento. Después de comer me sentí mejor, pero me costó más de una hora y media comerme un plato de arroz y beberme dos litros de agua.
La zona por donde me movía estaba rodeada de agua. La presa había inundado zonas donde antes habitaban sus moradores. Ahora, algunos pueblos se habían desplazado a zonas más altas, protegidos de la invasión de las aguas. La gente se dedicaba a pescar. Todo el mundo parecía  estar dedicado a dicha tarea. Los niños jugaban con sus cañas de pescar y los mayores se movían con sus botes en busca de una recompensa en sus redes. Por la noche, en el restaurante, los pescados me miraban con ojos de asfixia, con ojos que  anhelaban su pasado. Ansían  poder ver sus aguas  donde nunca más volverán a nadar. Mientras, el gato, se detiene en su camino, huele el aroma que transporta el aire.  Intuye la que se avecina. Pero  cerca,  vigilando, se encuentra el perro con ojos de gato. Esta vez no hay recompensa, ni riña, solo una desnuda raspa y  restos de una cabeza con unos ojos ahogados en el aire.


Aun me faltaba lo peor. Al salir de thalang en dirección hacia Laksao, el camino se volvía casi impracticable. Se  notaba que el camino estaba abandonado. No pasaba nadie. Las piedras cada vez más frecuentes,  ponían barreras a mis ruedas y los agujeros cada vez eran más peligrosos. Se tenía que ir con cuidado, para que la bicicleta no se rompiera en algún descuido o destrozara alguna cubierta con algún canto afilado. Las zonas inundadas aun tenían los portes  de sus troncos sin haber sido cortados.  Daba un aspecto un poco tétrico, pero el juego de luces, sombras y reflejos creaba un extraño contraste de contraluces en sus aguas. Así que estuve toda la mañana para poder recorrer 60 kilómetros con mucha paciencia, intentando esquivar al diablo.  Al día siguiente pretendía quedarme en Kuon Kham para poder hacer escala y visitar la cueva de Konglor. Pero al llegar al pueblo tan temprano decidí  no hacer pseudoespeleo y dirigirme al encuentro de la Nacional. Por cierto, entre medio  hay dos subiditas que te hacían sudar la camiseta.

Nunca me he encontrado a tantos ciclo turistas en una misma carretera. Los días siguientes camino a Vientiane me iba cruzando con varias parejas de ciclistas. La escasa red de carreteras de Laos, aglutina a los corredores a tomar la nacional 13 para desplazarse de Norte a Sur del pais o viceversa. Por cierto por las montañas no me encontré a ninguno, salvo la pareja de catalanes que se dirigían a la frontera Vietnamita, parece ser que muchos ciclistas por lo que me comentan, cuando encuentran rutas apartadas de la vía principal, dificultosas subidas o ripio, se alquilan una moto. Aunque, si yo no dispusiera de tanto tiempo, haría lo mismo ya que es la mejor opción. La esencia del viaje se basa en el descubrimiento, hazlo como quieras y cuando quieras porque  la diversión de viajar reside en el mismo viaje.
También me fijé que ahora era tiempo de cosecha de un tubérculo, creo que era mandioca pero no estoy seguro. Los campesinos cortaban dicho tubérculo en finas rodajas que dejaban extendidas en borrajas para que las secara el sol.  Ambos lados de la carretera parecía que hubiera alfombras de comestibles. 

VIENTIANE 
Aquí en la capital, nunca la vida se parece tanto a la de un pueblo.  Las calles adyacentes al tráfico padecen silencios increíbles que se alargan entre el vaivén del movimiento de hojas de papel.  El canto del gallo pasó a mejor vida y ahora el ruido de los despertadores es el encargado de indicar el nuevo amanecer.  La gente ha abandonado las vestimentas rurales y ahora van cubiertos con pantalones de pinzas, zapatos y camisas multicolores de marcas extranjeras. Todo, son vulgares copias de Lacoste, KC,Levi´s etc.., pero a ellos que les importa. No les toman el pelo como a nosotros, haciéndonos creer que el sello de marca implica tener un precio casi siempre desorbitado en versus a su calidad. Puro engaño,  aunque hay quien le gusta ser engañado presumiendo de logotipo. Cambiando de tema, los edificios son una mezcla de antigüedad con nuevos cambios que avanzan poco a poco. Las viviendas no son muy altas, pero estos paletas no saben hacer bien las escaleras. El tráfico no es agobiante y salvo las arterias principales todo circula sin prisas.  Al medio día, aprieta el calor y no hay muchas sombras.  Por eso la gente desaparece como pausas en una batalla donde gana siempre el sol. Al atardecer, todo cambia, las motos dan gas, desaparece el silencio y las calles mutan de vida.
 Como en restaurantes locales, entre fogones sin humo, sartenes sin fondo, salsas picantes, palillos de madera y cucharas ergonómicas  donde el rey, amo y señor de la cocina es el fideo. Puede ser de arroz, harina de trigo o maíz, incluso de patata. De tamaño, los que quieras, extrafinos, superfinos, finos, medianos, gruesos, planos etc.. y si añadimos a todo esto  la manera en lo que los preparan, secos, fritos, hervidos, al vapor, rebozados,  salen infinidad de platos sin contar las salsas con que se aderezan.
 Únicamente tenía que dejar pasar los días en la ciudad, apurando el visado y haciendo desaparecer la moneda local restante. Fui conociendo ciclistas y la verdad es que cada día iba sorprendiéndome  la cantidad de nuevos rodadores que iban llegando a la ciudad  cargados con sus ortliebs . Esto parece el tour de France. Mañana dejaré la ciudad para entrar a Tailandia y dirigirme hacia Mae Sot para recorrer la zona montañosa limítrofe con Birmania.  No me despido aun de este país, ya que no tardaré mucho en volver. Laos hace frontera con China y su paso fronterizo me servirá de entrada o salida desde la provincia china de Yunnan. Por cierto en el  menú de hoy recomiendan la rica rata secada al sol.